lunes, marzo 09, 2009
Ramón Plaza 1937-1991
Del agua y del vaso
El agua tiene la forma del vaso.
El río se definiría si dijéramos: es agua de agua.
La lluvia: su vestidura grata.
Así podríamos seguir y siempre encontraríamos
una definición nueva.
Quizá el agua sea el éxtasis de Dios,
su forma extendida y sabia.
Pero el vaso y el agua
encierran el misterio de la sed.
Yo he bebido en la boca de los ríos
esperando que huyan los caballos.
Y el agua tiene hasta gustos azulados,
terrestres y continuos.
El agua y el vaso, en cambio,
devotamente unidos
son el testimonio pleno de la boca.
Unidos son la claridad que se desgaja,
un fruto terco que mirando a trasluz
no tiene diferencia.
No hay más voluntad que el esfuerzo hacia la boca,
no hay luz más encendida,
más perfecta,
que un vaso de agua
pleno y bello en medio de la mano.
De las estaciones ferroviarias
La espera las define para siempre.
En el medio de la pampa son islas secas
y en la noche su luz recuerda una fogata.
Las estaciones viven presas de los rieles.
Viven atrapadas por humos viajeros que se marchan.
La plenitud estalla cuando un tren huye al horizonte.
Entonces sostiene y despide a los que abandonan su fragancia.
La espera las define para siempre.
Las estaciones buscan un momento en medio de la noche
para hablar largamente con los trenes.
Decir su nombre y esperar,
esperar que el tren
se marche y se lo lleve.
jueves, agosto 28, 2008
Jorge Teillier - Chile (1935 - 1996)
Sentados frente al fuego que envejece
miro su rostro sin decir palabra.
Miro el jarro de greda donde aún queda vino,
miro nuestras sombras movidas por las llamas.
Esta es la misma estación que descubrimos juntos,
a pesar de su rostro frente al fuego,
y de nuestras sombras movidas por las llamas.
Quizás si yo pudiera encontrar una palabra.
Esta es la misma estación que descubrimos juntos:
aún cae una gotera, brilla el cerezo tras la lluvia.
Pero nuestras sombras movidas por las llamas
viven más que nosotros.
Sí, ésta es la misma estación que descubrimos juntos:
-Yo llenaba esas manos de cerezas, esas
manos llenaban mi vaso de vino-.
Ella mira el fuego que envejece.
Un desconocido silba en el bosque
Un desconocido silba en el bosque.
Los patios se llenan de niebla.
El padre lee un cuento de hadas
y el hermano muerto escucha tras la puerta.
Se apaga en la ventana
la bujía que nos señalaba el camino.
No hallábamos la hora de volver a casa,
pero nos detenemos sin saber donde ir
cuando un desconocido silba en el bosque.
Detrás de nuestros párpados surge el invierno
trayendo una nieve que no es de este mundo
y que borra nuestras huellas y las huellas del sol
cuando un desconocido silba en el bosque.
Debíamos decir que ya no nos esperen,
pero hemos cambiado de lenguaje
y nadie podrá comprender a los que oímos
a un desconocido silbar en el bosque.
Fin del mundo
El día del fin del mundo
será limpio y ordenado
como el cuaderno del mejor alumno.
El borracho del pueblo
dormirá en una zanja,
el tren expreso pasará
sin detenerse en la estación,
y la banda del Regimiento
ensayará infinitamente
la marcha que toca hace veinte años en la plaza.
Sólo que algunos niños
dejarán sus volantines enredados
en los alambres telefónicos,
para volver llorando a sus casas
sin saber qué decir a sus madres
y yo grabaré mis iniciales
en la corteza de un tilo
pensando que eso no sirve de nada.
Los evangélicos saldrán a las esquinas
a cantar sus himnos de costumbre.
La anciana loca paseará con su quitasol.
Y yo diré: "El mundo no puede terminar
porque las palomas y los gorriones
siguen peleando por la avena en el patio".
Alegría
Centellean los rieles
pero nadie piensa en viajar.
De la sidrería viene olor
a manzanas recién molidas.
Sabemos que nunca estaremos solos
mientras haya un puñado de tierra fresca.
La llovizna es una oveja compasiva
lamiendo las heridas
hechas por el viento de invierno.
La sangre de las manzanas
ilumina la sidrería.
Desaparece la linterna roja
del último carro del tren.
Los vagabundos duermen
a la sombra de los tilos.
A nosotros nos basta mirar
un puñado de tierra en nuestras manos.
Es bueno beber un vaso de cerveza
para prolongar la tarde.
Recordar el centelleo de los rieles.
Recordar la tristeza
dormida como una vieja sirvienta
en un rincón de la casa.
Contarles a los amigos desaparecidos
que afuera llueve en voz baja
y tener en las manos
un puñado de tierra fresca.
La ventana abierta
Todas las nubes
me anunciaban que tú llegarías
cuando despertaba para volverme
hacia la ventana secreta de los sueños.
Pero tú debías extraviarte:
los pájaros se comían las migas
que sembraba para señalarte el camino.
Alguien vestido siempre de negro te vigilaba
y quería transformarte en otra
para que yo no te reconociera.
Hasta que de pronto nos encontramos
y la realidad hecha pompas de jabón
voló de retorno al país de la pureza.
XV
Ninguna ciudad es más grande que mis sueños.
Volveré al invierno del sur
cuando las raíces blanqueadas por la lluvia
muestren la calavera del tiempo
bajo el sorpresivo vuelo de carbón y nieve
de queltehues que no se cansan de pedir agua.
Pasado el Puente del Malleco
mi amigo me invita a comer de sus provisiones.
Hablamos con nuestros compañeros de banco:
un militar jubilado y un campesino de manta de Castilla.
Nos invitan a tomar pipeño.
Nos desafían a jugar brisca.
El tren se detiene.
Trazo un círculo en la ventanilla
borrando el aliento de la noche:
No hay estrellas.
Sólo un pobre nido de luces sobre una estación.
Alguien despierta y mira como si nunca hubiese viajado.
Atravieso el Bío-Bío y avanzan pueblos terrosos
que no me doy el trabajo de mirar.
Entrego mi pasaje al conductor.
Los vagones forman un largo cortejo.
En la madrugada entumecida de Chillán tomamos
café con aguardiente.
El sol del alba nos levanta los párpados cerca de Rancagua
(allí vimos una vez predicar al Cristo de Elqui).
El mismo ciego de la infancia sigue tocando su guitarra.
Se llega a la Estación Central perdido entre el gentío.
La ramazón de fierro retiene el eco de nuestros pasos
para mascullar oscuras canciones.
Vagaré por las calles y sin querer me detendré frente
a una bodega.
Hay un libre olor a tierra tras la lluvia,
vuelvo al patio donde saludo la nubecilla enviada
por la última locomotora a vapor.
Cuando todos se vayan
A Eduardo Molina Ventura
Cuando todos se vayan a otros planetas
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.
Como una araña recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.
Pequeña confesión
En memoria de Serguéi Esenin
Sí, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones.
Me amaron las doncellas y preferí a las putas.
Tal vez nunca debiera haber dejado
El país de techos de zinc y cercos de madera.
En medio del camino de la vida
Vago por las afueras del pueblo
Y ni siquiera aquí se oyen las carretas
Cuya música he amado desde niño.
Desperté con ganas de hacer un testamento
-ese deseo que le viene a todo el mundo-
Pero preferí mirar una pistola
La única amiga que no nos abandona.
Todo lo que se diga de mí es verdadero
Y la verdad es que no me importa mucho.
Me importa soñar con caminos de barro
Y gastar mis codos en todos los mesones.
"Es mejor morir de vino que de tedio"
Sin pensar que pueda haber nuevas cosechas.
Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano
cuando se gastan los codos en todos los mesones.
Tal vez nunca debí salir del pueblo
Donde cualquiera puede ser mi amigo.
Donde crecen mis iniciales grabadas
En el árbol de la tumba de mi hermana.
El aire de la mañana es siempre nuevo
Y lo saludo como a un viejo conocido,
Pero aunque sea un boxeador golpeado
Voy a dar mis últimas peleas.
Y con el orgullo de siempre
Digo que las amadas pueden ir de mano en mano
Pues siempre fue mío el primer vino que ofrecieron
Y yo gasto mis codos en todos los mesones.
Como de costumbre volveré a la ciudad
Escuchando un perdido rechinar de carretas
Y soñaré techos de zinc y cercos de madera
Mientras gasto mis codos en todos los mesones.
Epitafio
Aquí yace con mi infancia Samuel Donoso
cuyo nombre fue escrito por el vino.
Fue un rondador de tabernas
hasta que al final cayó en las cunetas.
Sus últimos deseos fueron
leer "Las aventuras de las 12 sillas" y comer naranjas.
Tú, que lo conociste, si lees estas líneas,
ve a beber en su nombre y como quien lanza
"un trompo de siete colores en el patio de la escuela"
una copa a " Los Pisos Blancos" o a "El Amigo
de Todas las Naciones"
y trata de preguntarte por qué alguien como él
eligió pasar por la República
"sin reloj ni palabra de honor a bordo de una nube".
Botella al mar
Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo
te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni
para los iniciados. Es para la niña que nadie
saca a bailar, es para los hermanos que
afrontan la borrachera y a quienes desdeñan
los que se creen santos, profetas o poderosos.
Un hombre solo en una casa sola
Un hombre solo en una casa sola
No tiene deseos de encender el fuego
No tiene deseos de dormir o estar despierto
Un hombre solo en una casa enferma.
No tiene deseos de encender el fuego
Y no quiere oír más la palabra Futuro
El vaso de vino se ha marchitado como un magnolio
Y a él no le importa estar dormido o despierto.
La escarcha ha empañado las ventanas
Pero a él sólo le importa mirar la apagada chimenea
Sólo le gustaría tener una copa que le contará
una vieja historia
A ese hombre solo en una casa sola.
Una historia como las que oía en su casa natal
Historias que no recuerda como no recuerda que
aún está vivo
Ve sólo una copa vacía y una magnolía marchita
Un hombre solo en una casa enferma.
Imitando a un poeta de principios de siglo
He recorrido tan pocos caminos
y he cometido tantos errores.
Risible vida, risibles contradicciones,
así fue y así será siempre.
Me entristece mirarte. Otros labios
desgastaron el calor y el latido de tu cuerpo.
Qué importa. Qué importa que caigan sin sentido
tantas lloviznas muertas.
No las temo. No temo
el moho ni la podredumbre amarillenta
No nací para una vida dulce y una sonrisa.
El patio de la casa está sembrado
de los cerezos color de osamenta.
Sí, elegí el invierno
y el marchitarse sin ruido
no debe entristecer a nadie.
viernes, agosto 17, 2007
Antonio Cisneros (Lima, 1942)

Lucy Westenra se mira al espejo
Acerca el candelabro principal.
Mira qué bella me he puesto para ti.
Mira esta piel, señora, firme y fresca
como la superficie de un estanque.
Un año entero sin probar
adobos o pasteles. Cinco estaciones
sin un grano de sal.
Mírame. Así no desearás nada distinto
a mi cuerpo o mi sombra.
Ni siquiera en las noches de verano.
Cierra los ojos. Imagíname ahora
saliendo de la espuma como Venus.
(Salta un salmón)
Mejor abre los ojos otra vez
y búscame en el fondo del espejo.
Más allá de mi cuerpo sin asomo de grasa.
Más allá de los prados azules
donde tus alaridos me despiertan
cuando duermo y te sueño.
jueves, abril 05, 2007
Derek Walcott (Santa Lucia - Antillas)

El Reino del Caimito
1. Adiós, carenaje
En el ocioso agosto, cuando el mar se apacigua
y hojas de islas morenas se adhieren a la orilla
de este Caribe, apago la vela
junto al rostro sin sueños de María Concepción
para engancharme como marino en la goleta El Vuelo.
En el patio agrisado por el alba,
permanecí como una piedra y nada más se movía
salvo un mar glacial que ondeaba galvanizado
y las claveras de las estrellas en la bóveda celeste,
hasta que un viento comenzó a inmiscuirse con los árboles.
Pasé junto a mi hosca vecina que barría el patio
cuando bajaba la colina, y entonces casi dije:
"Barra pasito, bruja, porque ella tiene el sueño ligero",
pero la perra miró a través de mí como si estuviera muerto.
Un taxi se detuvo, las luces de parqueo encendidas.
El chofer levantó mi equipaje con una sonrisa sarcástica:
"¡Esta vez, Shabine, como que te vas de verdad!"
No le respondí al imbécil, simplemente me arrellané
en el asiento de atrás y miré al cielo incendiarse
sobre Laventille, rosado como la camisa en la que dormía
la mujer que abandonaba
y miré el espejo retrovisor y vi a un hombre
exacto a mí, y el hombre lloraba
por las casas, las calles, por toda esa isla de mierda.
¡Que Cristo se apiade de todo lo que duerme!
Desde ese perro que se pudre en Wrightson Road
hasta yo mismo cuando era un perro en estas calles;
si amar estas islas ha de ser mi cruz,
de la podredumbre de mi alma remontará el vuelo;
pero habían empezado a envenenar mi alma
con su casa grande, su carro grande, su gran jolgorio,
culi, negro, sirio y criollo francés,
así que se las dejo a ellos y a su carnaval;
yo voy a tomar un baño de mar, me voy por el camino.
Conozco estas islas, de Monos a Nassau,
un marino de cabeza oxidada y ojos verde mar
que ellos apodan Shabine, jerga para
cualquier negro pelirrojo, y yo, Shabine, vi
cuando estas barriadas de imperio eran el paraíso.
No soy más que un negro pelirrojo enamorado del mar,
recibí una sólida educación colonial,
de holandés, de negro y de inglés hay en mí,
de modo que o no soy nadie o soy una nación.
Pero María Concepción era todo mi pensamiento
al observar el mar levantarse y caer
mientras el lado de babor de los botes pesqueros, yates y goletas,
era pintado otra vez por las pinceladas del sol
que escribía su nombre con cada reflejo;
supe, cuando el atardecer de negra cabellera se puso
sus sedas brillantes al ocaso y, doblando el mar,
se escurrió bajo las sábanas con su risa estrellada,
que no habría reposo, que no habría olvido.
Es como contarles a los dolientes alrededor de la tumba
sobre la resurrección, ellos quieren al muerto de vuelta,
entonces sonreí para mí cuando soltaron amarras
y El Vuelo giró rumbo al mar: "De nada sirve repetir
que el mar tiene más peces. A ella no la quiero ataviada
con la asexuada luz de un serafín,
quiero esos redondos ojos castaños como un tití, y
hasta el día en que pueda recostarme y reír,
esas uñas que cosquilleaban mi espalda en las tardes
sudorosas de domingo, como un cangrejo en la arena mojada."
Mientras trabajaba, observando las deleznables olas
pasar la proa que tijeretea el mar como seda,
juro a todos ustedes, por la leche de mi madre,
por las estrellas que han de huir del hornillo de esta noche,
que los amé, a mis hijos, mi esposa, mi hogar;
los amé como los poetas aman la poesía
que los mata, como los marinos ahogados el mar.
¿Alguna vez al mirar desde una playa desierta
han visto una goleta lejana? Bueno, cuando escriba
este poema, cada verso estará empapado en sal;
voy a anudar cada línea tan fuerte
como las cuerdas de este aparejo; para decirlo claramente,
mi lenguaje ordinario será el viento,
mis páginas las velas de la goleta El Vuelo.
Pero déjenme que les cuente cómo empezó este asunto.
4 - El Vuelo pasa por Blanchisseuse
El atardecer El Vuelo pasa por Blanchisseuse.
Como balas de cañón las gaviotas trazan otra curva en el aire,
y es ámbar la espuma que fue blanca,
el faro y la estrella traban amistad,
en cada playa el largo día termina
y allí, en ese último pedazo de arena,
en una playa desnuda excepto por la luz,
manos oscuras comienzan a jalar la red
del mar oscuro y profundo, tierra adentro, muy adentro.
5 - Shabine descubre la mitad del camino
Hombre, lo primero fue volar a la cocina a la mañana siguiente
a preparar un poco de café; la neblina se levantaba del mar
como el vapor de la cafetera al bajarla
lento, lento, porque no podía creer lo que veía:
en lo que fuera un horizonte de plata,
la niebla se retorcía y se hinchaba hasta convertirse en velas, tan cerca,
tan velas, que se me pusieron los pelos de punta,
era el horror, pero era bello.
Flotamos a través de un bosque susurrante de barcos
con velas secas como el papel, detrás del cristal
vi hombres con la cuenca de los ojos oxidada como cañones,
y siempre que sus tripulaciones medio desnudas pasaban frente al sol,
bajo la piel se transparentaban los huesos
como hojas que la luz atraviesa; fragatas, bergantines,
una desganada corriente los arrastraba,
y encumbrados en sus cubiertas vi famosos almirantes
Rodney, Nelson, de Grasse, oí las rudas órdenes
que ellos daban a los shabines, y aquella selva
de mástiles embistió a la goleta El Vuelo,
y no se oyó más que el rumor fantasmagórico
de las olas susurrando como la hierba con un viento débil,
y la maleza siseante que arrastraban desde la popa;
se alzaban y caían lentamente de este a oeste
como si este mundo redondo fuera una noria enloquecida,
cada navío escurriendo agua como un cubo de madera
rescatado de las profundidades; mi memoria le daba vueltas
a todos los marinos ante mí, entonces el sol
caldeó el cerco del horizonte y fueron niebla.
Luego pasamos los barcos negreros. Banderas de todas las naciones,
nuestros padres bajo las cubiertas, demasiado bajo, supongo,
para oirnos gritar. Entonces dejamos de gritar. ¿Sabe alguien
quién es su abuelo, mucho menos su nombre?
Mañana recalaremos en Barbados.
9 - María Concepción y el libro de los sueños
El jet que rugía sobre El Vuelo
abría una cortina que daba al pasado.
"¡La Dominica enfrente!"
"Allí todavía hay caribes."
"Un día sólo habrá aviones, no más barcos."
"Vince, Dios no hizo a los negros para volar por el aire."
"Progreso, Shabine, de eso se trata.
El progreso que deja atrás a todas nuestras islitas."
Yo estaba al timón y Vince, sentado junto a mí,
jugaba con el arpón. El día fresco y vivificante. El mar picado.
"Habría que preguntar a los caribes acerca del progreso.
Los mataron por millones, algunos en la guerra,
otros en el trabajo forzado de las minas
buscando plata; y después, los negros; más
progreso. Hasta que no vea signos definitivos
de que la humanidad cambia, Vince, no quiero oir más.
El progreso es el chiste vulgar de la historia.
Preguntale a esa verde y entristecida isla que se acerca."
Verdes islas, como mangos en salmuera.
Deja que mi herida se cure en sal tan cruel,
yo, en mi lozanía de marinero.
Aquella noche, de chispas celestes heladas por el fuego,
corrí como un caribe por toda Dominica,
mis fosas nasales ahogadas por el recuerdo del humo;
oí los gritos de mis niños que se quemaban,
devoré el seso de las setas, los hongos
de los parasoles del diablo bajo blancas y leprosas rocas;
desayuné con humus en los lluviosos bosques,
en hojas tan grandes como mapas, y cuando oí el ruido
del avance de los soldados por entre el denso follaje,
pese a que mi corazón se reventaba, me levanté y corrí
por entre las hojas de baliser más afiladas que lanzas;
con la sangre de mi raza corrí, muchacho, corrí
con la rapidez sigilosa de un pájaro pintado;
entonces me caí, sólo que caí al pie de un helado arroyo
bajo una refrescante cascada de helechos, y una lora gritona
se aferró a las secas ramas hasta que al fin me ahogué
en enormes olas de humo; luego, cuando aquel océano
de negro humo se disipó y el cielo se hizo blanco,
no hubo más que Progreso, si Progreso es
una iguana tan quieta como una hoja joven a la luz del sol.
Lloré desconsolado por María y su Libro de los sueños.
Esa Biblia de insomnes anclaba su sueño,
un librito anaranjado y sucio de la República Dominicana,
con un ojo de cíclope en el medio.
Sus ordinarias páginas ostentaban, en negro
y fogoso español, los habituales símbolos de la profecía;
una palma abierta y vertical, dividida y numerada
como un diagrama de carnicero, repartía el futuro.
Una noche, con fiebre, radiantemente enferma,
ella dice: "Tráeme el libro, el fin ha llegado."
Y dijo: "Soñé con ballenas y una tormenta",
sólo que para ese sueño el libro no tenía respuesta.
La noche siguiente soñé con tres viejas
de facciones desdibujadas como gusanos de seda que bordaban mi destino;
les grité que se fueran de mi casa,
traté de echarlas a escobazos,
pero tan pronto como salían volvían a colarse,
haste que empecé a gritar y a llorar, mi cuerpo
empapado en sudor, y ella desbarató el libro
buscando el significado del sueño, pero no había nada
mis nervios se deshicieron como una medusa -fue entonces
cuando me derrumbé-,
me encontraron cerca de Savannag gritando:
Todos ustedes me ven hablándole al viento y piensan que estoy loco.
Pues bien, Shabine ha embridado a los caballitos de mar;
me ven mirando al sol hasta quemar mis ojos,
y todos ustedes, dementes, piensan que Shabine está loco,
pero ignoran de lo que soy capaz, ¿me oyen? Los cocotales
firmes en sus uniformes kaki amarillo,
esperan que Shabine tome posesión de estas islas;
y más les vale que teman el día en que me cure
de ser humano, Su destino está en mis manos,
ministros, comerciantes, Shabine los tiene, amigos,
esparciré sus vidas como un puñado de arena,
¡yo, que no tengo más armas que la poesía,
las lanzas de las palmas y el brillante escudo de mar!
Estos fragmentos del extenso poema (11 partes) "The Schooner Flight"
(La goleta El Vuelo), fueron traducidos por Álvaro Rodríguez Torres,
para la edición del libro El Reino del Caimito, editorial Norma, Colombia.
Derek Walcott, fue premio Nobel de Literatura 1992,
nació en Castries, capital de Santa Lucía - una isla de las Antillas-,
un 23 de enero de 1930.
Obra: Selected Poems, The Gulf, Another Life, Sea Grapes,
Collected Poems 1948-1984, The Arkansas Testament,
The Fortunate Traveller, Midsummer y Omeros.
jueves, noviembre 30, 2006
Víctor Valera Mora (Venezuela)

Comienzo
La lucha de clases. Los grandes monopolios imperialistas.
Los malditos muñones de la generación del 28
que tanto daño nos han hecho.
El policía del parque, los enamorados están
en la posibilidad de iniciar el terrorismo.
El recuerdo desde la llanura, el caballo
llorando sangre recomenzada. Triste cuestión.
Este asunto de llevar una guitarra bajo el brazo.
La libertad de morirse de hambre doblemente.
Aquiles el escudero de la ternura
últimamente se ha dado muy duro en el alma.
Esto nos obliga a hablar
el más terrible de los lenguajes.
Hacer de la poesía un fusil airado, implacable
hasta la hermosura.
No hay otra alternativa,
la caída de un combatiente popular
es más dolorosa que el derrumbamiento
de todas las imágenes.
Cuando el pueblo tome el poder, veremos qué hacer,
mientras tanto sigamos en lo nuestro.
Nuestro oficio
Por este empecinamiento del corazón
en hacerse horizonte por completo:
nosotros, que hemos participado
en los grandes acontecimientos históricos,
que hemos ayudado en lo construido
aún con un poco de tristeza,
digamos, casi mucha.
Guardamos
toda nuestra radiante alegría
para lo que construiremos
cuando el pueblo llegue.
Podemos caer abatidos
por las balas más crueles
y siempre tenemos sucesor:
el niño que estremece las hambres consteladas
agitando feroz su primer verso.
O el otro, el de la disyuntiva,
que no sabe si hacerse flechero de nubes
o escudero del viento.
Jamás la canción tuvo punto final.
Siempre deja una brecha, una rendija,
algo así, como un hilito que sale,
donde el poema venidero pueda
ir halando, ir halando, ir halando,
halando hasta el mañana.
Nosotros los poetas del pueblo,
cantamos por mil años y más...
Amanecí de bala
Amanecí de bala
amanecí bien magníficamente bien todo arisco
hoy no cambio un segundo de mi vida por una bandera roja
mi vida toda la cambiaría por la cabellera de esa mujer
alta y rubia cuando vaya a la Falcultad de Farmacia se lo diré
seguro que se lo diré asunto mío amanecer así
esta mañana cuando abrí las puertas con la primera ráfaga
alborotando tumbando todo entraron a mis pulmones
los otros poetas de la Pandilla de Lautréamont
grandes señores tolerados a duras penas por sus mujeres
al más frenético le pregunto por su libro vagancia city
como me gusta complicar a mis amigos los vivo nombrando
el diablo no me llevará a mí solo
ella antiguamente se llamaba Frida y estaba residenciada en Baviera
en una casa de grandes rocas levantadas por su amante vikingo
sus locuras en el mar de los sargazos
hay sol hasta la madrugada y creo que jamás moriré
sin embargo deseo que este día me sobreviva
soy desmesurado o excesivo y no doy consejos a nadie
pero hoy veo más claro que nunca y quiero que los demás participen
hermoso día me enalteces desenfrenada alegría
no tengo comercio con la muerte no le temo
llevo en la sangre la vida de cada día soy de este mundo
bueno como un niño implacable como un niño
guardo una fidelidad de hierro a los sueños de mi infancia
en este punto soy socrático él y yo elevamos volantines
restituimos la edad de oro el "qué habrá" al final del arco suspendido
ahora mismo se está mudando un río
hoy una morena de belleza agresiva me dijo pero si estás lindo
entonces yo le dije acaso no sucede cada dos mil años pierdo el hilo
día de advenimiento de locos combates de amor a altas temperaturas
desnudos nos hundimos en las agua del mismo río
Hasta cuándo
Hasta cuándo seguir gritando a esa gente
que el rey y la reina yacen bajo tierra
Hasta cuándo seguir gritando que no cedo en hipoteca mis sueños
Hasta cuándo seguir gritando que soy incorregible
Hasta cuándo seguir gritando que no reniego de mis actos
Hasta cuándo seguir gritando que nada de lo que tengo
está en venta ni quiero que ningún imbécil corte la soga
Hasta cuándo seguir gritando que no cumplo mis deberes en la tormenta
Hasta cuándo seguir gritando que no exijo futuro
Hasta cuándo seguir gritando a esta gente que me son despreciables
Hasta cuando seguir gritando que estoy
con los que no tienen la razón porque la tienen a mares llenos
Hasta cuándo seguir gritando que jamás abandonaré mi capa de insurgente
Hasta cuándo si desde siempre mis cartas están sobre la mesa
(1967)
Oficio puro
Cómo camina una mujer que recién ha hecho el amor
En qué piensa una mujer que recién ha hecho el amor
Cómo ve el rostro de los demás y los demás cómo ven el rostro de ella
De qué color es la piel de una mujer que recién ha hecho el amor
De qué modo se sienta una mujer que recién ha hecho el amor
Saludará a sus amistades
Pensará que en otros países está nevando
Encenderá y consumirá un cigarrillo
Desnuda en el baño dará vuelta
a la llave del agua fría o del agua caliente
Dará vuelta a las dos a la vez
Cómo se arrodilla una mujer que recién ha hecho el amor
Soñará que la felicidad es un viaje por barco
Regresará a la niñez o más allá de la niñez
Cruzará ríos montañas y llanuras noches domésticas
Dormirá con el sol sobre los ojos
Amanecerá triste alegre vertiginosa
Bello cuerpo de mujer
que no fue dócil ni amable ni sabio
(Amanecí de Bala, 1971)
Canción del soldado justo
A los montes me voy, me voy completo
y espero regresar de igual manera
Si me cortan las piernas y las manos
asiré el caminar con los anhelos
Si me arrancan los ojos y la lengua
nueva guitarra agitará banderas
Si me quitan la tierra donde piso,
yo vengo desde un río de asperezas
que antes me llevó y ahora me lleva
Si me tapan los oídos con que oigo
a mis hermanos pálidos y hambrientos,
hablaré seriamente con el aire
para que se abra paso hasta los sesos
Y si una bala loca se enamora
de mis sienes violentas,
yo seguiré pensando con los huesos
Me voy a despeñar sobre los crueles
que han hecho de la patria un agujero
y si no asiste el pecho a la camisa
y me matan de muerte sin lucero,
esperadme, os lo pido caminando,
que yo regresaré como los pueblos
cantando y más cantando y más cantando.
Para los que meten miedo
con el zamuro atómico
Para los que meten miedo con el zamuro atómico
recordándonos que las luchas de liberación
pueden provocar una espantosa catástrofe
yo les digo he aquí mis bienes terrenales
tres litros de aire de capacidad pulmonar
medio siglo de burocratismo soviético
y dos mil años de crímenes sucesivos
entonces no tengo mucho que perder
señores de la guerra por mi parte
pueden ir apretando los botones
Víctor -El Chino- Valera Mora
(Valera, 1935 - Caracas, 1984)
"Hace setenta años, este 20 de septiembre, vino al mundo Víctor Valera Mora (1935-1984), uno de los más singulares poetas venezolanos y uno de los más desenfadados que haya producido la lengua. Mejor conocido como El Chino Valera Mora, su obra, poco celebrada fuera de su país, es no obstante una de las referencias más reveladoras de los rumbos que tomó la poesía, escrita en español, durante los furiosos años sesentas, cuando en la península toda renovación poética parecía venir de la mano de la frivolidad y un aparente neoculteranismo, y en América sucumbieron tanto las fórmulas meramente agitacionales y de propaganda y aquellas que alienadas por los facilismos de la escritura automática, quisieron hacer pasar por liebre lo que apenas era gazapo. Valera Mora es el mejor exponente de ese período de esperanzas en la lucha contra las opresiones sociales y la búsqueda de nuevos sentidos para la vida, como quisieron los jóvenes que marcharon por las avenidas de las grandes ciudades aquel 1968, el año de la revolución". (...)
Harold Alvarado Tenorio
martes, noviembre 21, 2006
Jorge Carrera Andrade (Ecuador)

El Hombre del Ecuador bajo la Torre Eiffel
Te vuelves vegetal a la orilla del tiempo
Con tu copa de cielo redondo
y abierta por los túneles del tráfico,
eres la ceiba máxima del Globo.
Suben los ojos pintores
por tu escalera de tijera hasta el azul.
Alargas sobre una tropa de tejados
tu cuello de llama del Perú.
Arropada en los pliegues de los vientos,
con tu peineta de constelaciones,
te asomas al circo
de los horizontes.
Mástil de una aventura sobre el tiempo.
Orgullo de quinientos treinta codos.
Pértiga de la tienda que han alzado los hombres
en una esquina de la historia.
Con sus luces gaseosas
copia la vía láctea tu dibujo en la noche.
Primera letra de un Abecedario cósmico,
apuntada en la dirección del cielo;
esperanza parada en zancos;
glorificación del esqueleto.
Hierro para marcar el rebaño de nubes
o mudo centinela de la edad industrial.
La marea del cielo
mina en silencio tu pilar.
(De Boletines de mar y tierra)
Versión de la Tierra
Bienvenido, nuevo día:
Los colores, las formas
vuelven al taller de la retina.
He aquí el vasto mundo
con su envoltura de maravilla:
La virilidad del árbol.
La condescendencia de la brisa.
El mecanismo de la rosa.
La arquitectura de la espiga.
Su vello verde la tierra
sin cesar cría.
La savia, invisible constructora,
en andamios de aire edifica
y sube los peldaños de la luz
en volúmenes verdes convertida.
El río agrimensor hace
el inventario de la campiña.
Sus lomos oscuros lava en el cielo
la orografía.
He aquí el mundo de pilares vegetales
y de rutas líquidas,
de mecanismos y arquitecturas
que un soplo misterioso anima.
Luego, las formas y los colores amaestrados,
el aire y la luz viva
sumados en la Obra del hombre,
vertical en el día.
Historia contemporánea
Desde las seis está despierto el humo
que no cesa de señalar con su brazo la dirección del viento.
Los bancos conservan el sueño congelado de los vagabundos
y las vidrieras de los restaurantes aprisionan la calle
y la venden entre sus frutas, botellas y mariscos.
Un pájaro nuevo silba en las poleas
y en los andamios que cuelgan su columpio de los hombros de los edificios.
Los chicos suman panes y luceros en sus pizarras de luto
y los automóviles corren sin saber
que una piedra espera en una curva la señal del destino.
Ametralladora de palabras,
la máquina de escribir dispara contra el centinela invisible de la campanilla.
Los yunques fragmentan un sueño sonoro de herraduras
y las máquinas de coser aceleran su taquicardia de solteronas
entre el oleaje giratorio de las telas.
La tarde conduce un fardo de sol en un tranvía.
Obreros desocupados ven el cielo como una cesta de manzanas.
Regimientos de frío
dispersan los grupos de vagabundos y mendigos.
El vendedor de pescado, los voceadores de periódicos
y el hombre que muele el cielo en su organillo
se dan la mano a la hora de la cena
en las cloacas y bajo la axila de los puentes
donde juegan al jardín los desperdicios
y sacan la lengua las latas de conserva.
Sus sombras crecen más allá de los tejados puntiagudos
y van cubriendo la ciudad, los caminos y los campos próximos
hasta ahogar en su pecho el relieve del mundo.
(De El tiempo manual)
El objeto y su sombra
Arquitectura fiel del mundo.
Realidad, más cabal que el sueño.
La abstracción muere en un segundo:
sólo basta un fruncir del ceño.
Las cosas. O sea la vida.
Todo el universo es presencia.
La sombra al objeto adherida
¿acaso transforma su esencia?
Limpiad el mundo —ésta es la clave—
de fantasmas del pensamiento.
Que el ojo apareje su nave
para un nuevo descubrimiento.
(De Noticias del cielo)
Biografía para uso de los pájaros
Nací en el siglo de la defunción de la rosa
cuando el motor ya había ahuyentado a los ángeles.
Quito veía andar la última diligencia
y a su paso corrían en buen orden los árboles,
las cercas y las casas de las nuevas parroquias,
en el umbral del campo
donde las lentas vacas rumiaban el silencio
y el viento espoleaba sus ligeros caballos.
Mi madre, revestida de poniente,
guardó su juventud en una honda guitarra
y sólo algunas tardes la mostraba a sus hijos
envuelta entre la música, la luz y las palabras.
Yo amaba la hidrografía de la lluvia,
las amarillas pulgas del manzano
y los sapos que hacían sonar dos o tres veces
su gordo cascabel de palo.
Sin cesar maniobraba la gran vela del aire.
Era la cordillera un litoral del cielo.
La tempestad venía, y al batir del tambor
cargaban sus mojados regimientos;
mas, luego el sol con sus patrullas de oro
restauraba la paz agraria y transparente.
Yo veía a los hombres abrazar !a cebada,
sumergirse en el cielo unos jinetes
y bajar a la costa olorosa de mangos
los vagones cargados de mugidores bueyes.
El valle estaba allá con sus haciendas
donde prendía el alba su reguero de gallos
y al oeste la tierra donde ondeaba la caña
de azúcar su pacífico banderín, y el cacao
guardaba en un estuche su fortuna secreta,
y ceñían, la pina su coraza de olor,
la banana desnuda su túnica de seda.
Todo ha pasado ya, en sucesivo oleaje,
como las vanas cifras de la espuma.
Los años van sin prisa enredando sus líquenes
y el recuerdo es apenas un nenúfar
que asoma entre dos aguas
su rostro de ahogado.
La guitarra es tan sólo ataúd de canciones
y se lamenta herido en la cabeza el gallo.
Han emigrado todos los ángeles terrestres,
hasta el ángel moreno del cacao.
(De Biografía para uso de los pájaros)
Jorge Carrera Andrade. Nació en Quito en el año 1903. Hizo estudios de Derecho. Desde el colegio descubrió su excepcional aptitud para la poesía. Con dos jóvenes compañeros, Gonzalo Escudero y Augusto Arias, formó el grupo literario "La Idea". Viajó a Europa, donde asistió a cursos libres en algunas universidades. Residió por algún tiempo en Francia, España, Inglaterra y Alemania.
Algunos de sus libros son: Estanque inefable, 1922; La guirnalda del silencio, 1926; Boletines de mar y de tierra, con prólogo de Gabriela Mistral, 1930; El tiempo manual, 1935; Biografía para uso de los pájaros,1937; Microgramas,1940; Mirador terrestre; Lugar de origen,1945; El visitante de la niebla y otros poemas,1947; Familia de la noche, 1953.
Ha publicado varias antologías personales, de las que son las más completas: Registro del mundo,1939; Edades poéticas,1958. De sus traducciones del francés se destacan: Antología poética de Pierre Reverdy, 1940; Cementerio marino y otros poemas de Paúl Valery, 1945; Poesía francesa contemporánea, 1951.
Los críticos coinciden en su descomunal potencia metafórica. Todos sus poemas son una ininterrumpida sucesión de metáforas e imágenes logradas certeramente por esa misteriosa alquimia de la sensibilidad que es consustancial a los grandes poetas. Sorprende la unidad en su poesía. Recibió el Premio Nacional de Cultura "Eugenio Espejo" en 1977. Jorge Carrera Andrade, falleció a los 75 años de edad, dejando una herencia lírica de gran profundidad humana y estética, contenida en cerca de 30 libros; murió en Quito el 7 de noviembre de 1978.
martes, noviembre 14, 2006
Paulina Vinderman (Argentina)

De: El muelle (Alción Editora, 2003)
El muelle
Habrá un sueño para seguir, en un paisaje carbonizado.
...
Habrá pequeñas anotaciones en los bordes de las hojas
como si la vida interfiriera,
...
como si la memoria recortara en papel glacé
las indecisiones, la epopeya privada.
IV
Este verano se parece a un pueblo todavía humeante
después de un bombardeo.
Del otro lado del río, en la bruma, un bote
está listo para llevarme a la frontera.
Si la metáfora suena dramática, es para proteger
esta ausencia sin brillo, el riesgo de una soledad en sordina
y a repetición.
Las heroínas no huyen del calor
ni de los muñecos quemados entre los escombros.
Hay que llegar (del otro lado), y escribir.
Y escribir es despojarme página por página
de un nombre anotado demasiada vida.
Amo este balanceo en la nada,
los recuerdos como linternas en la noche
que atraen a los animales y los alejan de sus cuevas.
Mi cueva es este verano inmóvil, metafísico,
casi irreverente.
¿Hay alguien ahí?
No es fácil de entender tanta certeza, duele el mundo
y yo soy el mundo.
Un galpón atestado de maniquíes de vidrio
para verles, de lejos y cerca, los hilos de la repetición.
VII
Emerjo esta tarde de la ilusión como del fondo de un cuadro.
¿Porqué la oscuridad de las frases es pantana
y al mismo tiempo remedio?
Hemos perdido la única historia que contar.
"Moriré junto a la palmera enferma", dije una vez
(y casi cumplo.)
¡Ah! Abandonarlo todo por una palabra insistente.
(por un objeto insistente)
Paisajes con barcos, manteles de boda,
pasajeros arrojando los billetes usados y las flores
marchitas, en lugares que nunca volveremos a ver.
Ojos audaces, se parecen a las piedras que caen
en las aguas tranquilas de un pueblo cargado de sombras.
"Buenas noches, dulce príncipe", hemos perdido.
La herida de la felicidad cicatrizó, las ausencias brillan
como diamantes en el aire sucio
y las mañanas llenan de una violencia agotada
el lugar del fervor.
Hemos perdido,
y lo perdido tiene forma de viaje empecinado,
triste desde el comienzo, ambiguo hasta la agonía,
hasta el sueño.
Por favor noche, cuando llegues, termina mi sueño.
Nada llegaré a saber salvo la forma de ese sueño:
su centro marcado como un blanco en el cartón.
Fundaciones
Pasa por un pueblo apartado
y se mezcla sin querer en su fiesta principal.
Entre calabazas pintadas y papel serpentina
todos entonan la canción del fundador.
"Podría quedarme, porqué no, para siempre",
miente a conciencia
y cuelga sus ojos del trompetista de la banda.
(pero ¿durante cuánto tiempo puede mentir?)
"Éste es el mundo:
una raíz oscura, la canción de un lugar".
Y el mundo le devuelve un fragmento de canción
para vivir.
Un gesto de despedida como emblema.
El cielo parece hundirse en el camino
y tocar la intemperie con la suavidad de un pincel.
Detrás quedan los galpones de zinc,
las maderas del artesano frente al árbol de guayaba.
Las casa bajas junto al río.
La belleza urgente de una danza inacabada.
De: Bulgaria (Libros de Alejandría, 1998);
El mundo en jaque
Su gata murió de vieja este verano
y el gomero se dejó secar, poco después, obstinado
en el balcón.
¿A quién contar esta historia de locos,
esta encomienda que llega en un caballo con
arneses de plata —cierto rencor en las comisuras—
con quién contar?
El aire está enfermo pero todos respiran,
ella queda morada por el esfuerzo, insomne para
siempre,
buscando la estrella de lata
con la cual vestía su vida en Navidad
para cambiarla por el dibujo de un barco en el Pacífico
o una palabra que resplandezca en la oscuridad
(y no lleve comillas.)
Cajitas chinas o su oscuridad
Lo que yo quería era su oscuridad,
como si esa llave de artificio
me llevara a buen puerto
(en el ropero una muñeca rota
y sobre la mesa las tacitas con flores,
no se ve bien pero saldremos al sol a mediodía)
Su oscuridad como promesa y por amor saber,
pero esa oscuridad era sólo miseria,
ausencia de fondo verdadero
en una vida sofocada por el miedo.
Escuché a mi piel crujir
y a mis pies desnudos sobre la madera.
"Para qué quiero héroes", me dije, una y otra vez
mientras me iba, con la cabeza puesta en
el cráter de un volcán:
un fuego ya extinguido y para siempre culpable
de lo que no puede amparar.
Cónsul honoraria
Te escribo desde la nada,
pequeña oscura funcionaria que ni siquiera ve el río.
La cúpula rota se refleja en los charcos
cuando llueve
y es el único sitio en que brilla el destierro,
la única moneda que parece de oro.
A la hora del café todos hablan de nada,
se espera una tormenta (que pueda desprender el esmalte
del aire) o la notificación de otro destino.
Me siento como un cónsul en mi propia ciudad:
un poema reseco debajo del informe, la mitad
de una carta, una invitación para la fiesta en el muelle.
Esa mujer con los ojos muy pintados debo ser yo,
la que saluda bajo la luz naranja
de los faroles de papel e imagina a una goleta
amarrada a unos pasos
y a su escritorio flotando en alta mar.
El viento es débil
y la humedad de las plantas el punto de impresión.
Una ciudad, otra ciudad, se inclinan sobre mi vida
con su historia (y no lloran la mía)
Nombres tan fuertes como árboles,
tienen razones para llegar al cielo e intentar
resistir al huracán (que también gime un nombre)
La vieja furia por no saber donde piso está presente
(como un clásico)
Una niebla que se levanta del agua y oculta
el horizonte.
Veo mis pies, veo el repliegue,
la noche que termina sin haber empezado,
un cuaderno de notas en los hospitales del mundo.
Una locura de cristal, acuartelada.
De: Escalera de incendio (ed. Último Reino, 1994)
Testimonio entre ríos
El dolor de los olvidos es una mirada, digo
y estiro mi mano hacia un barco. El olor
de los muelles es un lugar.
A veces llaman, mientras mi corazón está
ocupado en la turbidez de un río de frontera:
el modo en que se concentra
sobre la vendedora de la terminal de ómnibus
y le ahueca los ojos.
Me abro paso entre vasos de papel, voceros
de naranjas.
A todas horas escucho el trajín
de las calles que no son las avenidas
de la historia.
Desaparezco —y me olvidan—
usando un cielo incoloro por sombrilla.
El viento trae las noticias:
tarjetas empolvadas de invitación
que llegan irremediablemente tarde, informes
sobre lo que sucede en esta ciudad
que nunca mira las barcazas junto al río.
Mi vida es dada a la vida
(los rasgos de la cara disueltos en la lluvia
como los de un poblado tropical)
Me vacío
ante la resistencia del aire, con el
mismo gesto con que muchas mujeres se desnudan
ante una ventana imaginaria.
Y es casi un disparo en la noche
la forma que elige la seca penetración
de lo real:
un crimen sin testigos ni amarras, en la
opacidad de los días.
Escalera de incendio
Me asomo a la ventana como todas las tardes
para escribirte.
Este cielo es tan pálido que da miedo mirarlo
(y de los jacarandáes con el abuelo basta.)
Sé que estoy viva, es decir
camino calles y veo el trabajo del azar
en la arboleda.
Nada resplandece en los papeles que rondo,
el muchacho de la batería toca de seis a siete
mientras su madre visita amigas
con alguna receta para dejar de amar.
En todo caso la soledad es la que resplandece
y a veces la sequía,
quiero ver al infinito revolotear
en esa torpe batería:
una señal, una traición de una señal, la ficción
de una señal.
Nada es seguro, ya ni siquiera me desvelo
por una palabra para hacerte feliz.
De: Rojo junio. Ediciones Literatura Americana Reunida - LAR - (1988)
Prácticas de la percepción
Me gustan los árboles con capacidad
de otoño.
Que preparan sus hojas al marrón
y se renuncian.
Me gustan los seres que pueden
unirse en el invierno.
Ramas elásticas que retroceden
hacia el blanco.
Pero desconfía de la palabra apresurada.
Las violencias de las tormentas
no siempre insinúan la real rebelión
aunque amenacen las nubes desde dentro.
Y que ese hombre se pasee con camisa
amarilla
no significa que lleve el sol
en su corazón.
De: La mirada de los héroes. Botella al mar, 1982
La mirada de los héroes
Qué mirarán los héroes
cuando miran.
Escurrirán sus ojos a través de desiertos
y el polvo cubrirá
la ciudad que dejaron.
Ellos sabrán que el mar
pertenece a los otros.
Que jamás volverán a llorar
por el pájaro vencido.
Ellos verán el ojo cercano en el fusil
y caerán inmersos en una gota de sudor
en la mejilla del otro.
Estarán ausentes del Terror
sólo un segundo.
Pero abrazarán catedrales, serán héroes
por la sola imposibilidad
de dejar de ser ese hombre que se es.
Que sólo puede mirar a través de su destino
mientras soporta, entera,
la presión del Universo.
De: Los espejos y los puentes. Ediciones buenos aires sur, 1978
XVIII
Y de todas formas
sabemos que no hay alternativa.
Hay que perseguir esa sombra hasta el final.
Hasta que gane alguna de las dos.
En este cuarto donde deambulan las imágenes
y donde todo está prohibido
menos la terrible certeza
de que habremos de preocuparnos
por el desayuno a la mañana.
Mientras tanto los buitres devoran
lo que me falta saber para aferrarme a la soga
y decir que sirve para algo
esta caminata circular hacia el vacío.
Y si la pared es blanca,
yo pinto con los monstruos del alba
las huellas grises de una ciudad en miniatura
boqueando el hollín y el amor
a horcajadas de un poema.
Pero nadie me ayuda en el después.
Y a veces quisiera no dormir
para no despertarme.
Y a veces quisiera volver a nacer
en el alma inconclusa de una oruga.
Y a veces quisiera trepar
un árbol de silencio completado,
y a veces quisiera.
Paulina Vinderman. Nació en 1944 en Buenos Aires, ciudad donde reside.
Estudió Química e Historia del Arte en la Universidad de Buenos Aires.
Publicó los siguientes libros de poesía:
Los espejos y los puentes (ed. Buenos Aires Sur, 1978)
La otra ciudad (ed. Botella al Mar, 1980)
La mirada de los héroes (ed. Botella al Mar, 1982)
La balada de Cordelia (Fundación Argentina para la poesía, 1984)
Rojo junio (Literatura Americana Reunida, 1988)
Escalera de incendio (ed. Último Reino, 1994)
Bulgaria (Libros de Alejandría, 1998)
El muelle (Alción Editora, 2003)
Cónsul Honoraria - Summa poética (ed. Vincinguerra, 2003)
Transparencias (Antología) (ed. Arquitrave, Bogotá, 2005)